Cuento para Lena

Érase una vez un país no demasiado grande ni tampoco demasiado pequeño, que contaba con todo lo que un país necesita para satisfacer las necesidades básicas y no tan básicas de sus habitantes.

Había visto y vivido mucho, había dado a luz a grandes artistas, escritores, pintores y había sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Era envidiado por otros países porque contaba con el mejor clima para bañarse en verano y esquiar en invierno. En pocas horas podías pasar de subir la cima de una montaña nevada, a bucear en aguas cristalinas rodeada de fina arena para tomar el sol. Alimentarse tampoco era un problema, de hecho, hacían de la comida un arte envidiado en todo el mundo porque permitía al mismo tiempo deleitar el paladar, llenar el estómago y hacer de los ciudadanos gente sana y longeva. Sus habitantes sabían muy bien cómo aprovechar el tiempo libre, y era muy normal pasear por las calles de las pequeñas y grandes ciudades escuchando a la gente reir y disfrutar los unos con los otros. Desde fuera, en algunos países vecinos, se decía que eran gentes perezosas y remolonas a la hora de trabajar. Pero esto no era cierto, y esa fama nacía de la envidia de aquellos que no comprendían cómo gente trabajadora y volcada en sus responsabilidades, pudiera al mismo tiempo tener tanta facilidad para pasarlo bien.

Pero un día este país empezó a generar un tumor. Un tumor escurridizo que creció muy rápido durante algunos años sin que nadie se diera cuenta. Este tumor condujo a los dirigentes de este país no demasiado grande ni demasiado pequeño, a aprovecharse del trabajo del resto, a gastarse lo que no era suyo y a derrochar lo que no tenían en lo que no se necesitaba. Cuando quisieron darse cuenta de que la juerga trasnochada se les había ido manos, el país entero estaba sumido en una depresión conjunta más súbita que inesperada.

Los ciudadanos, indignados con el patético comportamiento de los responsables de su país, salieron a las calles de todas las ciudades y lograron movilizar al mundo entero tomando las plazas con esperanzas de cambio y mejora. Poco a poco se empezó a trabajar para mejorar el sistema que políticos ineptos les estaban dejando. Gente de todas las edades, clases, costumbres e ideologías parecían estar unidos con una queja común.

Pero mientras iban construyendo poco a poco un nuevo camino que seguir, llegó al poder un nuevo presidente cobarde y sumiso, con espejismos en forma de medidas para lo que él consideraba salir adelante. Sus planes consistían en arrebatar más a los que menos tienen, en ayudar a los ricos antes que a los pobres, y en acabar con todo lo que un día hizo grande el país no demasiado grande ni demasiado pequeño. Este presidente, además de ser como aquellos que habían sumido al país en una crisis sin precedentes, tenía un problema personal añadido y es que era ciego y era sordo.

Como un virus contagioso, sus minusvalías se fueron extendiendo entre los ciudadanos, que poco a poco dejaron de salir a la calle, dejaron de luchar y de trabajar por el cambio. El cansancio crecía y crecía porque no podían ver ni oir sus avances. Muchos dejaron las protestas y las plazas por el sofá de sus casas, y los pocos que no se contagiaron y siguieron luchando, no entendían por qué no se escuchaban ni veían sus propuestas.

Pero siguieron luchando por un cambio que no llegaba y por una sociedad que los ignoraba. Siguieron proponiendo fórmulas para que el país volviera a ser lo que un día fue, aunque muchos ya ni recordaban cómo era.

No me contaron el final del cuento. Quizá es tan triste que me ahorraron el mal rato. O quizá es que este cuento aún no ha acabado, y todavía hay unos pocos ciudadanos que gritan por todos aunque no les veamos ni les oigamos.

Érase una vez un presidente que era ciego y era sordo, pero ¿sabéis?, yo creo que este ciego presidente sí que ve pero no observa. Yo creo que este sordo presidente sí que oye pero no escucha. Y si esto es así, puede que, en algún tiempo, a esos ciudadanos contagiados les de por observar y escuchar lo que otros como ellos intentan recordarles: que están todos en el mismo punto, en el mismo borde del mismo precipicio y que un día, todos tuvieron el ánimo, las ganas y la valentía necesarios  para intentar el cambio.

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