De por qué es bueno que Alberto Garzón, Carl Schmitt y Risto Mejide salgan por la tele

“Subo a la tribuna, hago una exposición de las ideas por las que creo que el Gobierno, no solo se está equivocando con su gestión, sino que está agravando el problema de la crisis económica en España. Hay poca gente en el Congreso, pero eso no me preocupa. Lo que me preocupa es que la mayoría de los presentes ya saben lo que van a votar independientemente de lo que vaya a exponer. Da igual que mi propuesta sea buena o mala, que esté bien o mal fundamentada, al final lo que hago es una representación que se parece más al teatro que a la política. Lo único que puedo esperar, es que el mensaje llegue a los ciudadanos y que por lo menos ellos sepan que sí hay alternativas. El problema es que entonces hay que esperar a que los medios de comunicación escojan la pieza clave del discurso para incrustarla en el telediario de forma que el mensaje queda resumido a unos 10 segundos.”[1] Son palabras de Alberto Garzón, diputado de Izquierda Unida en el Congreso, en su conversación con Risto Mejide en televisión el pasado 23 de noviembre de 2014, sobre la realidad del parlamentarismo. Como Garzón, Carl Schmitt ya dijo que el parlamentarismo existe como método de Gobierno y sistema político porque es el considerado como el mal menor frente a otros posibles sistemas de gobierno. A pesar de que las reflexiones del filósofo alemán se enmarquen en los años veinte del siglo pasado, como ocurre con los grandes debates vitales, la complejidad de las mismas siguen vigentes todavía. Decía Schmitt en su crítica al parlamentarismo, que hace falta una lucha de opiniones con el objetivo de solucionar los auténticos problemas civiles, y no una lucha de intereses donde parece que el objetivo sea solucionar las disputas domésticas de los partidos políticos; partidos que cada vez se asemejan más a entidades privadas con el objetivo de lucrarse (y si no que se lo digan a Luis Bárcenas.) Cito a Alberto Garzón en una reflexión sobre el contenido real de la democracia, y la esfera pública como marco, por un doble motivo: en primer lugar, en sus declaraciones Garzón coloca el foco de atención sobre la democracia en el mismo punto donde lo hizo John Rawls en su Teoría de la Justicia (1971), es decir, en la idea de que democracia deliberativa es, por lo menos debería ser, un intercambio de opiniones en favor de cuestiones políticas públicas. Por otro lado, esas declaraciones se produjeron en un medio de comunicación de masas, en un horario y en una cadena de máxima audiencia. La suma del mensaje, el medio y hasta el propio mensajero, dan como resultado la suma de dos implicaciones fundamentales en el debate sobre qué significa democracia como razón pública en un momento que pretende revestirse de “regeneración democrática”.

Merece la pena detenerse a analizar tanto el medio como el mensajero, porque en este caso, ambos constituyen (o por lo menos pueden constituir), parte del proceso regenerativo del parlamentarismo en España. Empecemos por el mensajero: Alberto Garzón es economista, ejerció como activista del 15M de Málaga en diversas intervenciones públicas, y en 2011, fue seleccionado por Izquierda Unida como cabeza de lista para el Congreso de los diputados. Decía entonces que no quería ser calificado como portavoz del movimiento 15M, sino como representante de movimientos sociales. Pero quiera o no, a día de hoy a Alberto Garzón se le identifica como una de las nuevas caras visibles que promueven esa regeneración democrática desde una participación política activa y no profesional. Entre esas caras visibles, hay varias que reclaman y defienden el uso de medios masivos para llegar a la toda ciudadanía en el mensaje de cambio y reestructuración política: Alberto Garzón lanza su mensaje desde la televisión generalista. Tania Sánchez, candidata de lista para la Comunidad de Madrid también por IU, es otra de esas voces que también buscan fomentar la implicación ciudadana en procesos políticos utilizando los medios de comunicación como plataforma. “La televisión es el principal dispositivo de construcción del pensamiento político. Siempre supimos que teníamos que colarnos ahí. Que las tertulias políticas batan récords de audiencia habla mucho de la situación que vive el país.”[2] Si algo se puede sacar a raíz del destape de los escándalos de corrupción en España, es la sensación de que la ciudadanía cada vez demanda más información sobre qué hacen y cómo ejercen la actividad política sus señorías, dentro y fuera del Parlamento. En democracia deliberativa, el ejercicio del derecho democrático no consiste solo en ganar elecciones a través de la hipocresía de un voto sin reflexión. La participación en democracia es indivisible de lo que John Rawls denominaba el ejercicio de la razón pública. Jürgen Habermas desarrolla la definición de razonamiento público basándose en el ideal kantiano de que pensar y razonar públicamente, en compañía de los otros, bajo su escrutinio y con la posibilidad de escuchar sus réplicas, sienta las bases para valorar y disentir acerca de las decisiones políticas que nos afectan directamente. La televisión como plataforma política para comunicar el mensaje, no supone en absoluto el medio a través del cual los espectadores conocen y reflexionan sobre, por ejemplo, las consecuencias e implicaciones que supusieron la reforma del artículo 135 de la Constitución española, reformado en mitad de unas vacaciones de verano allá por el año 2011, casi a escondidas y en total opacidad para el escrutinio público. De momento, es impensable e inviable la utilidad de la televisión como medio para ejercer este tipo de participación. Sin embargo, sí que es posible introducir, poco a poco, el debate político en los hogares “metiendo” a los políticos en las casas de los españoles todos los domingos por la noche a través de la pantalla. Casi 5 millones de españoles escucharon las preguntas de Jordi Évole al líder de Podemos en su programa en laSexta, que alcanzó un récord de 23,8% de cuota de pantalla. En este mismo programa, más de cuatro millones de espectadores visitaron la casa de una familia sevillana en compañía del líder de Esquerra Republicana, Oriol Junqueras. Tres fueron las conversaciones que escuché en el metro, en un solo trayecto, sobre la entrevista en la que, según ciertos medios, Ana Pastor “acababa en 50 minutos con el mito de Pablo Iglesias”[3]. No importa (de momento) si acabó o no el mito de Pablo Iglesias, lo interesante es que cada vez son más lo que se interesan por saber por qué y cómo ocurrió. Crece el interés por saber qué hay de verdad en las propuestas o en las no propuestas de Pablo Iglesias, por saber si son o somos casta, por saber qué les preocupa a los independentistas catalanes, por saber por qué reírse de que Pedro Sánchez sea ahora PDR SNCHZ. Estas conversaciones son participación política, son diálogo, son interacción pública. Son conversaciones que cargan de valor el ejercicio del derecho a voto y le restan inopia política. Es una parte importante del razonamiento público que Habermas se preocupó por definir, y es también parte del camino que toca recorrer para que a Alberto Garzón le preocupe un poco menos que la oratoria de su discurso quede resumido al breve corte incrustado en unos telediarios enlatados y cada vez más desfasados.

Queda el contenido. Se ha analizando el envoltorio, el revestimiento del mensaje para que resulte atractivo y genere debate colectivo como un día hizo el movimiento 15M. Pero es importante que la estrategia comunicativa solo sea el principio; el contenido del mensaje no puede quedar reducido al entretenimiento anecdótico, arriesgándonos a que no trascienda a largo plazo. Este es el peligro que se corre al mediatizar la política. Es un riesgo que merece la pena correr para lograr, por lo menos, una mejoría en la participación ciudadana en democracia. ¿Qué dice el mensaje? De momento el ruido mediático y la crispación por Eso que atraviesa España, impide que se distingan con claridad los puntos clave del debate. Pero el camino debe dirigirnos a la reactivación de una discusión argumentada; a generar explicaciones y razonamientos constructivos que alimenten el disenso a partir de información cargada de intencionalidad, y sobre todo de calidad. La tecnología y la mediatización de la vida social, tanto pública como privada, promueven una participación política que va más allá de la participación en política mediante convocatorias a referéndums. La participación de un ciudadano en política puede ser más activa a través de su implicación en conversaciones vía Twitter con otros usuarios, que el de otro ciudadano que acude al colegio electoral cada cuatro años para introducir el boleto en la urna. En los países democráticos se defiende la alta participación en las elecciones generales como síntoma de buena salud democrática. Sin embargo, es interesante plantearnos si es preferible unas elecciones con alta participación desinformada, o una participación algo más baja, pero consciente de los motivos por los que elige qué papeleta. Por supuesto no es incompatible la participación electoral con el voto “conocedor”, de hecho, promover la participación a partir de la generación de diálogo informado, puede impulsar precisamente el aumento del voto documentado. Quizás así, el llamado “voto útil”, pasaría a designar un concepto muy diferente al que hoy significa.

[1] http://www.cuatro.com/viajandoconchester/temporada-3/programa-10/alberto-garzon/Garzon-Podemos-inventado-reubicado-piezas_0_1896825215.html

[2] http://www.elmundo.es/cronica/2014/11/16/546659d2268e3e1d048b456b.html

[3] Titular del diario Libertad Digital. 17 de noviembre de 2014.

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